2 de septiembre de 2011

Inventario.

Las cosas que me dices cuando callas,
los pájaros que anidan en tus manos,
el hueco de tu cuerpo entre las sábanas,
el tiempo que pasamos insultándonos.

El miedo a la vejez, los almanaques,
los taxis que corrían despavoridos,
la dignidad perdida en cualquier parte,
el violinista loco, los abrigos.

Las lunas que he besado yo en tus ojos,
el denso olor a semen desbordado,
la historia que se mofa de nosotros,
las bragas que olvidaste en el armario.

El espacio que ocupas en mi alma,
la muñeca salvada del incendio,
la locura acechando agazapada,
la batalla diaria entre dos cuerpos.
 
Mi habitación con su cartel de toros,
el llanto en las esquinas del olvido,
la ceniza que queda, los despojos,
el hijo que jamás hemos tenido.

El tiempo del dolor, los agujeros,
el gato que maullaba en el tejado,
el pasado ladrando como un perro,
el exilio, la dicha, los retratos.
 
La lluvia, el desamparo, los discursos,
los papeles que nunca nos unieron,
la redención que busco entre tus muslos,
tu nombre en la cubierta del cuaderno.

Tu modo de abrigarme el corazón,
la celda que ocupaste en una cárcel,
mi barca a la deriva , mi canción,
el bramido del viento entre los árboles.
 
El silencio que esgrimes como un muro,
tantas cosas hermosas que se han muerto,
el tiránico imperio del absurdo,
los oscuros desvanes del deseo.
 
El padre que murió cuando eras niña,
el beso que se pudre en nuestros labios,
la cal de las paredes, la desidia,
la playa que habitaban los gusanos.
 
El naufragio de tantas certidumbres,
el derrumbe de dioses y de mitos,
la oscuridad en torno como un túnel,
la cama navegando en el vacío.

El desmoronamiento de la casa,
el sexo rescatándonos del tedio,
el grito quebrador, la madrugada,
el amor como un rito en torno al fuego.

El insomnio, la dicha, las colillas,
el arduo aprendizaje del respeto,
las heridas que ya ni Dios nos quita,
la mierda que arrastramos sin remedio.

Todo lo que nos dieron y quitaron,
los años transcurridos tan deprisa,
el pan que compartimos, las caricias,
el peso que llevamos en las manos.
 
Joaquín Sabina 

27 de agosto de 2011

Esencia

Un antifaz no apaga tu brillo, aunque te disfraces tu esencia siempre queda al descubierto y a la vista del resto.
 Aldana Yanel Kosciak

16 de agosto de 2011

Hechales Fly.

Quiero liberarme de toda la gente que me haga mal, de esos que me aprietan hasta hacerme llorar.
No quiero más sugestiones, quiero tranquilizarme y de armonía rodearme.
Aldana Yanel Kosciak

15 de agosto de 2011

Tienes mi vida en tus manos, Nicolás.

Que suerte que llegaste
tanto tiempo te esperé.
Renunciaría a todo sin dudar, 
por estar cerca tuyo
y por verte crecer.
Y es que ahora no recuerdo bien,
cómo vivía sin conocerte,
imaginando como sería tu mirada,
cómo sería abrazarte...

A tu lado y de tu lado tienes mi vida en tus manos.

12 de agosto de 2011

High - James Blunt


Elecciones


Si me dijeran que elija un abrigo,
elegiría tus manos cuando hace frío.

Si me dieran a elegir una droga,
me ahogaría en el vicio de tu boca.

Si tuviese que elegir un calmante,
nada de remedios, tu abrazo detiene cualquier jaque mate.

Si me dieran a elegir un momento,
sin dudarlo, con nuestro primer beso me quedo.

Si me dijeran que tengo que elegir a otro hombre,
le pediría a mi vida que se detenga instantáneamente,
porque jamás podría elegir a otro hombre que no sea el que elegí hace tres meses.

Aldana Yanel Kosciak

9 de agosto de 2011

Amigas

Porque si es con ellas yo soy feliz,
por nada las cambio,
con ellas nací y con ellas quiero morir.

Se enfrentan a mis mambos,
cuando no me animo a enfrentarlos,
los agarran, los golpean hasta matarlos.

Enloquecen de alegría con cada sonrisa,
iluminan los caminos contra toda llovizna,
ellas son así, mis fieles amigas.



Aldana Yanel Kosciak

4 de agosto de 2011

Yo no te pido


Yo no te pido que me bajes
una estrella azul
sólo te pido que mi espacio
llenes con tu luz.

Yo no te pido que me firmes
diez papeles grises para amar
sólo te pido que tú quieras
las palomas que suelo mirar.

De lo pasado no lo voy a negar
el futuro algún día llegará
y del presente
¿qué le importa a la gente?
si es que siempre van a hablar.

Sigue llenando este minuto
de razones para respirar
no me complazcas, no te niegues
no hables por hablar.

Yo no te pido que me bajes
una estrella azul
sólo te pido que mi espacio
llenes con tu luz.


Poema atribuido a Benedetti, pero cuyo real autor es el cantautor Pablo Milanés. 

2 de agosto de 2011

Frente al mar

Oh mar, enorme mar, corazón fiero
De ritmo desigual, corazón malo,
Yo soy más blanda que ese pobre palo
Que se pudre en tus ondas prisionero.

Oh mar, dame tu cólera tremenda,
Yo me pasé la vida perdonando,
Porque entendía, mar, yo me fui dando:
«Piedad, piedad para el que más ofenda».

Vulgaridad, vulgaridad me acosa.
Ah, me han comprado la ciudad y el hombre.
Hazme tener tu cólera sin nombre:
Ya me fatiga esta misión de rosa.

¿Ves al vulgar? Ese vulgar me apena,
Me falta el aire y donde falta quedo,
Quisiera no entender, pero no puedo:
Es la vulgaridad que me envenena.

Me empobrecí porque entender abruma,
Me empobrecí porque entender sofoca,
¡Bendecida la fuerza de la roca!
Yo tengo el corazón como la espuma.

Mar, yo soñaba ser como tú eres,
Allá en las tardes que la vida mía
Bajo las horas cálidas se abría...
Ah, yo soñaba ser como tú eres.

Mírame aquí, pequeña, miserable,
Todo dolor me vence, todo sueño;
Mar, dame, dame el inefable empeño
De tornarme soberbia, inalcanzable.

Dame tu sal, tu yodo, tu fiereza.
¡Aire de mar!... ¡Oh, tempestad! ¡Oh enojo!
Desdichada de mí, soy un abrojo,
Y muero, mar, sucumbo en mi pobreza.

Y el alma mía es como el mar, es eso,
Ah, la ciudad la pudre y la equivoca;
Pequeña vida que dolor provoca,
¡Que pueda libertarme de su peso!

Vuele mi empeño, mi esperanza vuele...
La vida mía debió ser horrible,
Debió ser una arteria incontenible
Y apenas es cicatriz que siempre duele.




Mi querida Alfonsina

Una inspiradora


Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,
si es el aire quien teje la ilusión de besar,
oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,
en el viento fundida, ¿me reconocerás?

Alfonsina Storni